Nuestra Primera profesión temporal la realizamos el 20 de Noviembre del 2015

Poder entregarnos completamente a Dios sin reserva alguna constituye la mayor alegría del alma, quien fue creada para amarle, conocerle y servirle a ÉL con todo el ser.  Consagrarnos implica asumir la realeza de nuestro bautismo, ser conscientes en todo tiempo que somos testigos de Jesús, que es a ÉL a quien ven en nosotras, que debemos encarnar en nuestra vida su misma imagen y que debemos ser una prolongación misma de su sacrificio redentor por la humanidad. Todo ello hace parte de nuestra vocación, de la elección que ÉL hizo por nosotras y del proyecto de amor que debemos lograr llevar a su feliz termino por medio de la profesión de los tres consejos evangélicos: pobreza, castidad y obediencia y en nuestro caso además, por medio del cuarto voto de Esclavitud Mariana, todo ello con la ayuda de la gracia del Señor y del auxilio maternal de la Santísima Virgen María.

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La profesión de los consejos evangélicos es la manera más perfecta de vivir radicalmente el evangelio y además son la mejor forma de manifestar  el amor  a Dios Uno y Trino.

“La referencia de los consejos evangélicos a la Trinidad santa y santificante revela su sentido más profundo. En efecto, son expresión del amor del Hijo al Padre en la unidad del Espíritu Santo. Al practicarlos, la persona consagrada vive con particular intensidad el carácter trinitario y cristológico que caracteriza toda la vida cristiana.

La castidad de los célibes y de las vírgenes, en cuanto manifestación de la entrega a Dios con corazón indiviso (cf. 1 Co7, 32-34), es el reflejo del amor infinito que une a las tres Personas divinas en la profundidad misteriosa de la vida trinitaria; amor testimoniado por el Verbo encarnado hasta la entrega de su vida; amor « derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo » (Rm 5, 5), que anima a una respuesta de amor total hacia Dios y hacia los hermanos.

La pobreza manifiesta que Dios es la única riqueza verdadera del hombre. Vivida según el ejemplo de Cristo que « siendo rico, se hizo pobre » (2 Co 8, 9), es expresión de la entrega total de sí que las tres Personas divinas se hacen recíprocamente. Es don que brota en la creación y se manifiesta plenamente en la Encarnación del Verbo y en su muerte redentora.

La obediencia, practicada a imitación de Cristo, cuyo alimento era hacer la voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34), manifiesta la belleza liberadora de una dependencia filial y no servil, rica de sentido de responsabilidad y animada por la confianza recíproca, que es reflejo en la historia de la amorosa correspondencia propia de las tres Personas divinas.

Por tanto, la vida consagrada está llamada a profundizar continuamente el don de los consejos evangélicos con un amor cada vez más sincero e intenso en dimensión trinitaria: amor a Cristo, que llama a su intimidad; al Espíritu Santo, que dispone el ánimo a acoger sus inspiraciones; al Padre, origen primero y fin supremo de la vida consagrada. De este modo se convierte en manifestación y signo de la Trinidad, cuyo misterio viene presentado a la Iglesia como modelo y fuente de cada forma de vida cristiana”.

Encíclica Vita Consecrata del santo padre Juan Pablo II, numeral  21.

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